Sólo sé, que no sé nada

Hoc unum scio, nihil scire. Ésta habría sido la respuesta de Sócrates (470-399 a. de c.) a Diógenes o al Oráculo de Delfos al ser interrogado sobre si se consideraba el hombre más sabio de Grecia. Sólo sé que no sé nada… viene a describir el rasgo esencial del hombre que, como el Francmasón, busca permanentemente la verdad, pero no se cree nunca el poseedor de ella. La sabiduría consiste, por tanto, en el reconocimiento de nuestra propia ignorancia.

La Orden invita al Aprendiz masón a aceptar su ignorancia como un motor de su progresión iniciática. Todos los Aprendices son ignorantes por igual, no importa que sean sabios, ricos, poderosos, más o menos educados, letrados o iletrados. El Aprendiz no sabe ni leer ni escribir. Conviene insistir en ello: todos los Aprendices parten de la igualdad en el desconocimiento de los misterios y secretos de la Orden. No importa si han leído uno o mil libros, porque no han vivido todavía la experiencia de la fraternidad. Los Aprendices son, de este modo, todos iguales, preludio de la interiorización del significado radical de la igualdad que el Francmasón realizará a lo largo de su itinerario.

La Francmasonería no es una sociedad perfecta, ni los Francmasones son individuos angelicales. Somos, simplemente, seres humanos, que en la Orden vivimos una motivación intensa para practicar las virtudes, para reconocer nuestra insalvable imperfección, para convertir en realidad fecunda nuestra perfectibilidad. Rico o pobre, un Francmasón es igual a otro. El Aprendiz, desde el primer día, llevará a la práctica la igualdad y será el servidor de sus Hermanos. El Presidente Franklin Delano Roosevelt asistió a la tenida de iniciación del hijo de su chófer. El ministro de un gobierno servirá la cena a una administrativa de su departamento. La edad profana puede, perfectamente, ser la inversa de la edad masónica. La experiencia del Aprendiz servidor de sus Hermanos es insubstituible en el marco de la pedagogía de la igualdad.

El Aprendiz no es más que un ignorante y por este motivo se le requiere para que guarde silencio y para que escuche. El silencio es también un elemento clave de la propuesta masónica, no sólo el silencio del Aprendiz, sino también el de todos, congregados en un ámbito abierto al pensamiento y alejado del tumulto de la vida cotidiana. El silencio masónico puede hallarse acompañado por la música, pero no como una fórmula de llenar el silencio ni para romperlo, sino como un mecanismo tendente a concederle al silencio un relevo. El Francmasón no repite letanías ni mantras ni versículos como una forma de reducción a cero de su capacidad de pensar, sino que acepta el silencio que le deja a solas consigo mismo. El silencio, por cierto, como cualquier Francmasón puede descubrir un día, aparece en los rituales de los Altos Grados Escoceses, con un significado diferente, pero siempre como una invitación al amor a la sabiduría, como una invitación, en suma, a la Filosofía.

El Aprendiz, en cuanto que Francmasón, es un ignorante en el seno de la Orden, cuestión harto distinta a que el hombre o la mujer que aspiran a la iniciación pueden ser unos ignorantes. ¡Es exactamente al revés! El Francmasón sólo prosperará en su autoconstrucción si antes de sufrir la prueba de la Tierra ya se ha esforzado por ilustrarse humanamente, es decir, si no ha combatido su propia ignorancia. Quod Natura non dat, Salmantica non praestat, dice un bello y realista brocárdico de la Universidad de Salamanca. Que no se me entienda mal: la Francmasonería no excluye a nadie por su nacimiento, sino que abre sus puertas a quienes aceptan con todas sus consecuencias que no hay progreso posible sin la concurrencia de mérito y de capacidad, o lo que es lo mismo, que no puede salir de la ignorancia más que quien de veras se proponer hacerlo.

Una variante de persona que no desea salir de la ignorancia es la que desea, precisamente, permanecer en ella. El caso más doloroso es el de quienes, prisioneros de un dogma de cualquier naturaleza (religiosa, pseudorreligiosa o de cretinismo postmoderno), se mantienen sujetos a la autoridad de un tercero, cualquier gurú tramposo de los que merodean a la caza de incautos, por utilizar una conocida expresión de Alan Watts, en el libro que lleva, precisamente, este título y que en castellano fue editado por Kairós. El gurú puede ser un profesional de la cosa o un vecino de nuestra escalera o un psicólogo traidor de la deontología, porque el problema reside en la alienación que deriva de la relación con él. La Francmasonería se demuestra inútil con los desnortados discípulos de los gurús y rechaza la presencia entre sus columnas de quienes pretenden serlo. Los primeros incumplen el requisito de ser libres; los segundos, el de ser de buenas costumbres. En ambos casos, se hallan ante una franca incompatibilidad con nuestra adhesión al libre pensamiento.

Quizás con una ligereza excesiva los Francmasones repiten que los requisitos para la admisión en la Orden se resumen en la frase andersoniana de ser libre y de buenas costumbres. Algunas interpretaciones burdamente literalistas definen la condición de libre como opuesta a la de esclavo y la de las buenas costumbres como acorde a los principios generalmente aceptados en una comunidad, teñida o no por rasgos religiosos. El error es de bulto, porque la pertenencia a la Francmasonería es mucho más exigente:

  • (i) En cuanto a la libertad se requiere que el candidato (hombre o mujer) sea el propietario de su propio destino, no dependa de terceros para su sustento, piense que su libertad es indisociable de la libertad y del bienestar de los demás y que debe contribuir a la extensión de la una y del otro, confíe en sus propias fuerzas para autoconstruirse, y combata por su emancipación y la del género humano de la tiranía y del sometimiento.
  • (ii) Por lo que se refiere a las buenas costumbres al Francmasón se le exige un impulso ético interior, la capacidad de libre examen, la conducta con relación a los demás simétrica de la que espera que los demás tengan con él y la ausencia de seguidismo acrítico respecto de los patrones morales al uso, mediante el ejercicio de la inteligencia y de la voluntad.

En suma, la libertad y las buenas costumbres que se predican del Francmasón no son características externas ni exógenas, puesto que ni la primera nace de la ausencia de coerción ni las segundas proceden de la aceptación de una autoridad. Al contrario: la libertad del Francmasón es la de quien combate por su autodeterminación y por la de los demás (de ahí el lema libertad – igualdad – fraternidad) y las buenas costumbres del Francmasón son incompatibles con los patrones morales impuestos (en cuanto que impuestos, no en cuanto tales) en cada momento de la Historia. Oscar Wilde y Mark Twain, por poner dos ejemplos notorios, fueron dos Francmasones libres y de buenas costumbres porque asumieron el deber de ser como eran y de pensar como pensaban.

En materia de política y de religión, como consecuencia de demandársele al Francmasón que sea libre y de buenas costumbres, la Orden es igualmente exigente con quienes desean trabajar en el seno de la misma. Se puede ser libertario, pero no indiferente; liberal, pero no liberista, que es el antónimo de liberal aplicable a quienes oprimen al género humano y quieren condenarlo a la miseria en defensa de una falsa noción de libertad. Se puede ser conservador o socialista, pero nunca fuera del marco de los principios y valores basilares de una sociedad democrática. No se puede ser ni nacionalista ni racista ni xenófobo ni misógino ni homófobo, porque todas estas lacras y las análogas son negaciones de la dignidad humana y de la fraternidad. Se puede, en fin, ser creyente o incrédulo, siempre y cuando la creencia no sea estulticia supersticiosa y la incredulidad se asocie a la inteligencia de reconocer cuanto no sabemos. En los momentos capitales, cuando están en juego las reglas de la convivencia republicana, el Francmasón, con independencia de cuál sea su adscripción étnica, política o religiosa, tiene un compromiso ineludible con la libertad.

La Francmasonería no es proselitista, porque se nutre no de gentes más o menos ávidas de comprar un producto, sino de seres humanos comprometidos con el progreso individual y colectivo mediante el cultivo de la tradición iniciática, la búsqueda de la verdad escrita con minúsculas y el deseo de contribuir a la extensión de los valores de civilidad, así como a la práctica de las virtudes humanas, privadas y públicas. La Francmasonería no aspira a que ingresen en sus logias más allá del uno por mil de los ciudadanos de un país. A quien se acerca a la Orden no se le ofrece un catecismo de soluciones precocinadas sino que se le propone el reto de usar su inteligencia y su voluntad. El candidato descubrirá en el damero que orna el pavimento de los templos masónicos un símbolo de la oposición de los contrarios y una llamada a convivir creativamente con las contradicciones que jalonan el pasado y el presente. De él dependerá, exclusivamente, que su compromiso masónico sirva para ser mejor y para hacer un mundo mejor.

El Aprendiz no sabe ni leer ni escribir, pero sí que sabe deletrear. Pide la primera letra para dar él la segunda. Ésta es la actitud correcta de quien aspira a salir de la ignorancia. Pone al servicio de esta finalidad cuanto puede hacer, aunque sea algo tan mínimo como deletrear, y se compromete eficazmente en el avance, razón por la cual pide la primera letra. La no ignorancia deseada que se exige al neófito no se mide en títulos universitarios, sino en la valoración de su voluntad de saber. Anselmo Lorenzo o Francisco Ferrer y Guardia procedían de familias humildes y no accedieron a los sistemas de educación superior de su época, pero lucharon denodadamente por su ilustración, a la vez que compartían el trabajo masónico con un Premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal, con un rector de la Universidad de Barcelona, Rafael Rodríguez Méndez, y con el fundador de la Oceanografía española, Odón de Buen y del Cos.

La ignorancia anhelada y deseada, la ignorancia de la que no se quiere salir, la ignorancia de la que alguien puede incluso llegar a sentirse orgulloso, es un virus infeccioso que puede llegar a afectar también al Francmasón acomodaticio, que desea medrar en la Orden y obtener en su seno los honores o el poder aparente que el mundo profano tan “injustamente” debe estarle negando. El Francmasón-ignorante-que-no-quiere-dejar-de-serlo se halla, al mismo tiempo, aunque parezca contradictorio, acomplejado por su falta de conocimientos y orgulloso de ella. El segundo sentimiento actúa como contrapeso del primero y la consecuencia inevitable de esta inútil conciliación de los contrarios es que en lugar de salir del encierro estéril en el que se halla, convierte en su razón de ser la destrucción de los intelectuales. Sumido en la oscuridad, confunde a ésta con la luz. En su ceguera, hará lo mismo que Al-Gazhalí (en latín, Algazel) quería hacer con Ibdn Rushd (más conocido en latín como Averroes).

Muy al contrario, la Francmasonería, concebida como el Centro de la Unión, como deseaba Anderson, es de forma ineludible un espacio de pluralidad social en el que conviven personas muy diferentes y, por tanto, también personas con posiciones personales, sociales, profesionales o intelectuales muy diferentes, pero que descubren desde el primer momento de su iniciación como Aprendices, desde la praxis vivida durante el Aprendizaje y desde la aceptación real y no meramente retórica como lema del título de este trabajo, decorados exclusivamente con un mandil blanco, ¡que cada uno de nosotros es semper discipulus! Nuestra riqueza es la pluralidad, que constituye una de las herramientas de nuestro trabajo al servicio de la Orden y al progreso de la humanidad. El rechazo de la pluralidad es lo que Gabriel Jaraba califica, en un artículo de CULTURA MASÓNICA, como miserabilismo, que significa la renuncia a cualquier grado de influencia, por nimio que fuera, en la mejora del mundo en el que vivimos.

El miserabilismo -antónimo de meliorismo o afán de progresar, cuestión a la que se refiere Vicenç Molina en otra bella pieza de literatura publicada también en CULTURA MASÓNICA-, se refleja también en la obcecación por colgarse uno u otro collar para disimular con oropeles que el falso rey está desnudo. Es miserabilismo, también, el ejercicio de la fuerza bruta del atrevimiento que sólo puede nacer de la ignorancia. Y la aversión hacia el conocimiento de quienes han conseguido, por la fuerza de su brazo, como describía Cervantes de Don Quijote, sobresalir mínimamente de la mediocridad. El antiintelectualismo se da en escenarios muy diversos y fue, por ejemplo, uno de los virus que redujo a cenizas al que durante el franquismo fue el Partido por excelencia.

La ignorancia deseada es una lacra de la humanidad y contra ella han combatido y todavía combaten los Francmasones cuando defienden el carácter emancipador de la enseñanza pública universal y gratuita. No por casualidad, ante ellos han tenido a los antiguos monopolios de la enseñanza, en especial el eclesiástico, destinados a preservar el conocimiento como el privilegio de una minoría y a negarle la posibilidad de progresar a las mujeres (cuyo índice de analfabetismo en la España de 1931 se situaba en torno al 60 por 100) y a las clases trabajadoras. 1931, una fecha que no evoco por casualidad, representativa, como es, de la aspiración colectiva por una sociedad buena.

El antónimo de ignorancia deseada –una enfermedad del espíritu- es la ignorancia indeseada. Quien rechaza su ignorancia empieza a salir de la esclavitud de la nada. La salida de la ignorancia es la instrucción, formulada por vez primera como un objetivo político en el Estatuto de Bayona de 1808 y en la Constitución de Cádiz de 1812, pero que no llega a formar parte de las políticas públicas hasta después de la revolución de 1868 y, aún, con grandes obstáculos y dificultades. La instrucción como tal devendría adoctrinamiento durante la larga noche del franquismo, un tiempo en el que los libros, se entiende que los libros escritos por pensadores, sólo servían para alimentar el fuego. El Francmasón sólo puede militar junto a los hombres y a las mujeres que no desean la ignorancia ni para ellos ni para los demás.

Cuando en castellano nos referimos a la ignorancia sublime, en realidad estamos describiendo un insulto, la situación de alguien que desconoce hasta lo más elemental. Si se me permite una confesión personal, que no pueda molestar a nadie, yo tengo una ignorancia sublime en materia futbolística. Lo acepto. Algún autor, sin embargo, denomina ignorancia sublime a la ignorancia reconocida mediante la aceptación sincera de que desconocemos mucho más de lo que conocemos. Éste es el significado de la frase Hoc unum scio, nihil scire. Nicolás de Cusa (1401-1464) se refería a la docta ignorancia y, sin ni siquiera rozar los problemas teológicos que pretendía resolver, no es menos cierto que resulta sugestiva su idea de que el reconocimiento de la ignorancia es, en sí mismo, la expresión de una ignorancia instruida, docta, debiendo buscar el conocimiento en el interior de uno mismo. En una materia tan clásicamente masónica como la oposición de los contrarios, simbolizada, como ya he mencionado más arriba, en el blanco y el negro del pavimento de nuestros templos, Nicolás de Cusa propugnaba la coincidentia oppositorum, que sólo podría ser un atributo de Dios, al contrario de la tesis sostenida por Heráclito de Éfeso, que insistía en la contradictio oppositorum. El Francmasón acepta con Heráclito la contradictio y, por este motivo, otorga a lo incognoscible el sugerente nombre de Gran Arquitecto del Universo, que no es nunca una excusa para el enfrentamiento, sino una invitación a la tolerancia.

La docta ignorancia, si hacemos nuestro este término, es una condición exigible a todos los humanistas y es susceptible de constituir un potente elemento de reflexión intelectual. Quien se envanece de saberlo todo comete el mismo error que quien se niega a saber, mientras que la humildad del científico, del humanista, del Francmasón, consiste lisa y llanamente en el reconocimiento de sus límites y en no dejar nunca de aspirar a superarlos.

Joan-Francesc Pont Clemente

Venerable Maestro fundador (2009-2012)
de la R.·.L.·. Pedra Tallada nº 70, Or.·. de Palafrugell

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Este texto fue, en su primera versión, una plancha redactada en catalán para la llamada Tenida de los Aprendices de la Logia Pedra Tallada, nº 70, Oriente de Palafrugell, celebrada el 31 de marzo de 2012. Un par de semanas después, ya en castellano, el autor pronunció el discurso del Gran Comendador en la Sublime Gran Logia Capitular de Perfección de Primavera del Supremo Consejo Masónico de España – Rito Escocés Antiguo y Aceptado, utilizando en su cuarta y última parte algunas de las ideas del trabajo original y aportando otras, adecuadas al momento y a la circunstancia. Era en Barcelona el 14 de abril, LXXXI aniversario de una jornada de madurez política. El 2 de junio de 2012, el autor utilizó y desarrolló algunos de estos conceptos en su discurso ante la Gran Asamblea de la GLSE en Valladolid. Una síntesis, en fin, del conjunto de las mencionadas reflexiones se publicó en la revista CULTURA MASÓNICA durante el verano de 2012, y aquí se realiza una transcripción parcial.