La República Mediterránea

Las religiones de Egipto y Babilonia fueron, como otras religiones antiguas, cultos a la fertilidad. La Tierra era femenina, el Sol, masculino. La fertilidad, la Gran Madre, es la Artemisa de los griegos y la Diana de los romanos. La religión de Babilonia, a diferencia de la egipcia, se preocupó más de la prosperidad en este mundo que de la felicidad en el otro, lo que resulta explicable por el referente femenino central de sus creencias. Los cretenses adoraron también a una diosa y eran gente alegre, no muy abrumados por las supersticiones de ultratumba. En la Atenas de Sócrates y Platón, donde se descubre el arte de razonar por deducción, era posible –como en muy pocas épocas de la Historia- ser inteligente y feliz a la vez, feliz por medio de la inteligencia. La Academia donde Platón enseñaba sobrevivió a todas las demás escuelas y perduró como una isla de paganismo hasta dos siglos después de la conversión del Imperio romano al cristianismo. Fue cerrada el año 529 de nuestra era por Justiniano, por el fanatismo religioso de este emperador, y la Edad oscura se extendió sobre el Mediterráneo y el conjunto de Europa.

Dos personajes, uno musulmán y el otro judío, pueden representar el paradigma del alma mediterránea, al menos de su vertiente más acogedora, generosa y abierta al progreso de las ciencias y a la felicidad del género humano.

averroèsAverroes (Abü – I – Walid Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rušd) (1126-1198) nació en Córdoba, fue discípulo de Abentofail y es un punto de referencia indiscutible de la filosofía española de todos los tiempos. Ejerció de juez en Sevilla y en Córdoba, mantuvo durante años buenas relaciones con el trono (que ocupaba Almanzor), pero conforme al destino fatal de quienes en el Mediterráneo osan pensar con libertad, fue acusado de herejía y deportado, falleciendo en Marruecos. Averroes aporta a la historia del pensamiento la independencia de la filosofía con relación a la teología, pues aunque intenta conciliarlas, reflexiona que la religión descrita en los textos sagrados es apta para las multitudes, incapaces de comprender las verdades racionales y las demostraciones realizadas a base de ellas, mientras que la filosofía se reserva para unos pocos elegidos, capaces de utilizar las herramientas de la razón. Entre los filósofos y los creyentes existe, para Averroes, un tercer género, el de quienes entienden los argumentos, pero que sólo pretenden alcanzar lo probable y no la absoluta evidencia racional. Hay una verdad que es la verdad del dogma tal y como éste se describe en el Corán y hay otra verdad que nace de la ciencia, y ambas “verdades” constituyen aspectos distintos de una misma verdad. Averroes, aunque creyente, no era ortodoxo. Fue combatido por los guardianes de la fe y un tal Algazel escribió contra él un libro titulado Destrucción de los filósofos donde manifestaba que al estar toda la verdad necesaria en el Corán no hay necesidad de especulación independiente de la revelación. Averroes replicó con su obra Destrucción de la destrucción que debería constar en las primeras páginas de la historia de los librepensadores.

maimonidesMaimónides (Mosé ben Maimón) (1135-1204) es contemporáneo de Averroes y nació como él en Córdoba, aunque ejerció su actividad principalmente en Marruecos y en Egipto, cultivando la Medicina, el Comercio, el Derecho, la Filosofía y la Teología. En su obra principal, Guía de perplejos o Guía de indecisos, según los traductores, trató de reconciliar fe y razón. Para Maimónides los indecisos son los pensadores a quienes sus estudios han llevado a chocar con la religión. Se atreve a defender una interpretación figurativa o metafórica del Libro, cuyas leyendas serían más una guía de aprendizaje simbólico que una historia literal. Sus teorías fueron combatidas por los talmudistas puros, aunque tuvo muchos seguidores en las comunidades judías de diversas ciudades como Narbona, Zaragoza, Lleida y Barcelona. Maimónides no es un heterodoxo, como Averroes, y ha sido incorporado al judaísmo oficial, pero sí es un exponente del diálogo intercultural.

Las efigies de Averroes y de Maimónides figuran de forma destacada en la sala de pasos perdidos del templo de la Logia Pedra Tallada porque predeterminan las condiciones para la convivencia de las culturas y de las creencias, incluidas las increencias. Hoy, cuando el Mediterráneo se halla dolorosamente dividido por el conflicto palestino-israelí, por el hegemonismo de los sectores enfrentados en el Líbano, por la enemistad secular greco-turca, por el veto integrista a la evolución democrática en algunos países y por las dificultades surgidas de los nuevos movimientos migratorios, empeoradas por la crisis económica, el re-descubrimiento del Mediterráneo como un ámbito natural de convivencia debería basarse en el reconocimiento de nuestro patrimonio filosófico común, simbolizado, a estos efectos, mejor que por nadie por Maimónides y Averroes.

A veces lo olvidamos, pero las ideas altruistas –superadoras de cuantos fundamentalismos se han inspirado en el pesimismo crónico de una supuesta maldad, de un supuesto egoísmo general- han nacido en el Mediterráneo. El ser humano se ha descubierto como tal ser humano a sí mismo en el Mediterráneo, cuando fue capaz de empezar a filosofar en Grecia, es decir, a amar la sabiduría por ella misma, y cuando empezó a construir un ordenamiento jurídico administrado por los pretores en Roma. La modernidad ilustrada de la que nos reclamamos herederos y militantes no hubiera sido posible, o hubiera sido mucho más difícil, sin el redescubrimiento de Grecia y de Roma, que constituye el legado de nuestro siglo XVII.

El hombre que busca la Armonía, se obliga a sí mismo a pensar, y pensar nunca es una actividad inútil. Como se aprende en uno de los grados de la francmasonería, el pensador puebla las conciencias con imágenes progresivamente espiritualizadas para las inteligencias más receptivas. Las ideas, sembradas por seres humanos, serán comprendidas más tarde o más temprano, por otros seres humanos de la misma forma que el grano, arrojado y disperso en la tierra, acaba madurando para ofrecer una gran cosecha. Esa gran cosecha es la Luz.

La modernidad es hija del Mediterráneo, cuyas riberas contemplaron como los filósofos árabes conservaron durante siglos la sabiduría de los antiguos, mientras el Medievo extendía durante mil años su manto de oscuridad y de odio entre los pueblos. El cristianismo, que se reclama hoy como el único referente de la ética, ¿no fue en la Edad Media el caldo de cultivo del antisemitismo al marcar en sus ropas y condenar a la vida en el gueto a los judíos? Sólo la irrenunciable modernidad que defendemos ha superado la división comunitarista de los pueblos y les ha llamado a la convivencia y a la paz.

No es extraño, sin embargo, que olvidemos cómo el Mediterráneo ha contribuido a la modernidad si contemplamos hoy sus riberas expuestas al desconocimiento mutuo, a la ignorancia sobre nuestras raíces comunes, al enfrentamiento entre quienes se consideran distintos y no se reconocen ya como hermanos. ¡Como contrasta esta distancia psicológica y emotiva entre los pueblos mediterráneos con la constante aparición en sus paisajes de los cultivos de secano sólo interrumpidos por el regadío nacido de sus ríos, por la presencia del olivo y de la vid, por la proximidad del mar…

El Mediterráneo que ofrece hoy las mismas referencias comunes nacidas de una agricultura esforzada, de una pesca antaño generosa, de un comercio activo y generador de complicidades…, se ve, por el contrario, lastrado hoy, como se señalaba más arriba, por una grave ignorancia sobre su historia común, por la negación de la cultura romana, por la sumisión a viejas leyendas inventadas para engañar a los miserables y evitar que luchen contra la miseria y por su emancipación.

Un mar rodeado de ignorantes que se desconocen y de esclavos que no quieren dejar de serlo, los habitantes del Mediterráneo parecen condenados a vivir en el enfrentamiento, a veces sangriento, entre ellos. El conflicto entre Isabel y Palestina es, quizás, el ejemplo más trágico de este desconocimiento entre hermanos, pero no sólo existen muchos otros (la desintegración del Líbano, el enfrentamiento turco-chipriota, el auge del fundamentalismo islamista,…), sino que, en realidad, como francmasones, quizás deberíamos fijar nuestra atención en la circunstancia determinante de que los males del Mediterráneo proceden de no haber asumido la modernidad.

Nos equivocaríamos, en cualquier caso, si pensáramos que nosotros, los habitantes del arco “rico” del Mediterráneo, somos los poseedores de la razón y los destinados a colonizar el resto de ese lago grande que es el mare nostrum. Levantando una bandera contra las otras banderas no conseguiremos nada más que excitar los ánimos de enfrentamiento que ya un día se plasmaron en las cruzadas. La opción opuesta, la propuesta serena y constructiva por la paz, entendida ésta al modo kantiano como un pacto permanente y federativo, sólo puede nacer de un esfuerzo sostenido por la comprensión mutua entre los pueblos.

Resulta evidente que hoy ese ideal de comprensión mutua se halla definitivamente alejado de cualquier plasmación real. Cada noticia de la actualidad mundial es percibida de forma distinta según las circunstancias en las que vive cada pueblo mediterráneo. Lo que para unos es una agresión, para otros es legítima defensa; lo que para unos es imperio de la Ley, para otros es manipulación y venganza; lo que para unos es un derecho, para otros, es una afrenta. El camino hacia la comprensión mutua requiere aceptar que hoy existe una profunda división entre los pueblos y que en el corto plazo nadie es capaz de cambiar las cosas. Es más, los intentos por modificar la situación actual, cuando se basan en el desconocimiento de la realidad, sólo son susceptibles de agravar la división y de azuzar el enfrentamiento.

Los Estados del Mediterráneo no se hallan completamente subyugados por el integrismo religioso. En líneas generales, el Estado se basa en un ordenamiento jurídico al que han de someterse no sólo los particulares, sino también los poderes púbicos. Los Estados y los Gobiernos del Sur del Mediterráneo sí se hallan amenazados por el integrismo musulmán, existiendo una tensión permanente entre los Gobiernos establecidos y los sectores radicales de la religión. El problema existe, con diferente intensidad, pero con rasgos parecidos, desde Rabat a Estambul. La paradoja de los gobiernos europeos es que, aun si se hallan lejos de compartir las formas de actuación política de los gobiernos mencionados, no existe por el momento alternativa válida al apoyo de los mismos, que no suponga la pérdida de las instituciones existentes en manos de la imposición de un poder religioso.

Desde esta perspectiva realista, no puede dejar de notarse que los conceptos de laicidad y de ciudadanía hallan un cierto acomodo en la cultura política de los países ribereños del Mediterráneo, en algunos de los cuales, como Marruecos, se han dado pasos reformistas en la dirección del respeto de los derechos humanos y de la igualdad entre los sexos, por ejemplo con la reforma del Derecho de familia.

Para acabar de complicar las cosas, no podemos olvidar que el conjunto de la zona, desde Marruecos a Turquía, fue tierra colonial sometida a las directrices de las respectivas metrópolis. La colonización ha dejado un rastro cultural, pero también una explicable aversión hacia lo extranjero. La época colonial fue seguida de una época anti-colonial. Ni la dominación ni el enfrentamiento son buenos pilares para la reconstrucción de un edificio de entendimiento. El presente debería abrirse a fórmulas de comprensión mutua que permitieran el establecimiento en todos los países del Mediterráneo de sistemas políticos democráticos, como una garantía de cada uno de ellos podrá ejercer su autogobierno (self government) conforme a unas reglas del juego universalmente aceptadas.

No sería de recibo engañarse sobre la dificultad extrema de un tal propósito. La extensión universal de los valores republicanos es, a menudo, percibida como una agresión. Piénsese que incluso en el Estado de Israel, los sectores fundamentalistas consideran la propia existencia del Estado hebrero como una impiedad, como una ofensa a Dios. Pero el futuro sólo podrá construirse hacia un horizonte democrático, si los países de la orilla norte del Mediterráneo saben demostrar el significado de la democracia y ejercen una acción política creadora de prestigio de sus instituciones.

La Europa Mediterránea ha de gestionar el problema de la emigración con respeto al Derecho y con respeto a los valores humanitarios de nuestra tradición cultural. Esto exige invertir y gastar dinero en instalaciones adecuadas de acogida transitoria, que no sean cárceles en las que se mantiene encerrados a los internos, que sean lugares con un mínimo de condiciones para vivir y convivir durante un período transitorio. Esto exige también que las repatriaciones se organicen mediante acuerdos inter-gubernamentales que respeten los derechos humanos.

Desde la Orden masónica, en general, y desde la Logia Pedra Tallada, en particular, hemos de impulsar con tenacidad un nuevo sentimiento de la república que consista en el acogimiento generoso entre nuestras filas de los ciudadanos de nuestros nuevos vecinos.

El diálogo, a través de la Unión del Mediterráneo, entre los gobiernos de los países del Mediterráneo es necesario, aunque difícil, pero no es suficiente. El diálogo verdadero ha de establecerse entre los pueblos y ha de verse favorecido, entre otras medidas, por sistemas de intercambio de estudiantes en edad escolar y también universitarios, de intercambio de jóvenes y niños afiliados a organizaciones de tiempo libre –sobre todo aquellas que reconozcan de un modo u otro la laicidad-, de encuentros académicos, profesionales, empresariales y culturales, de inversiones de capitales europeos en el desarrollo empresarial de la región.

Cuando hablamos de diálogo no debemos equivocarnos: diálogo no es monólogo! Diálogo no es igual a predicación neocolonialista. El diálogo exige conocer al otro.

Hemos de darnos cuenta de que sólo nos hallamos al inicio de un camino lleno de obstáculos. Un camino que no nos llevará a ninguna parte si no mostramos una actitud abierta al conocimiento de una realidad distinta. El diálogo no puede quedar encerrado entre los muros de los edificios diplomáticos, sino que ha de implicar al conjunto de la sociedad.

La francmasonería debe jugar un papel vertebrador de ese amplio diálogo social y ejercer como vanguardia del experimento en que siempre se ha comprometido la Orden, ser un cruce de caminos. La francmasonería no puede substituir a los demás canales de comunicación, pero puede ser el lugar seguro y secreto en el que se ponga a prueba la buena voluntad de la especie humana.

Hoy la Unión Masónica del Mediterráneo, que acoge en su seno a la Gran Logia Simbólica Española, Gran Oriente de Francia, Gran Logia Liberal de Turquía, Gran Oriente Lusitano, Gran Oriente de Grecia, Orden Masónica Internacional “DELFI”, Gran Logia Masónica Femenina de Italia, Gran Logia Central del Líbano, Gran Logia de los Cedros, Gran Logia de Marruecos, Gran Logia Unida de Líbano, Gran Logia Femenina de Portugal, trabaja esforzadamente para construir juntos ese espacio que se ilumina con el color del Mediterráneo y en el que la laicidad constituye su factor principal de integración, a través del diálogo.

¿Diálogo entre las élites?, podría quizás objetarse como un elemento de crítica y como un recordatorio de que las relaciones inter-gubernamentales ya son, de alguna manera, un diálogo entre ciertas élites, que se ha considerado insuficiente. El diálogo entre las élites resulta hoy una posibilidad real de hacer avanzar el conocimiento mutuo entre ambas riberas del Mediterráneo. Un diálogo entre élites convencidas de que la libertad de conciencia constituye la única atmósfera en la que resulta posible avanzar en el respeto muto, que no significa claudicación en los principios, sino aceptación de que en el otro puede haber un grado suficiente de razón como para hacer el esfuerzo de escucharle.

Las élites que, en realidad, han establecido ya vínculos de diálogo y de cooperación son las relacionadas con el mundo empresarial. Pero este ámbito, siendo importante, es insuficiente. Hay que extender los campos de encuentro entre los ciudadanos mediterráneos a todos los escenarios posibles. Así, por ejemplo mediante la potenciación de los intercambios entre asociaciones, en general, y entre logias masónicas, en particular.

Eduard Rodés ha evocado con sus bellas composiciones la idea de la República Mediterránea. La Logia Pedra Tallada se considera a sí misma un eslabón de esta república, se siente mediterránea, ciudadana y libre. Se ofrece como un espacio de convivencia y de conocimiento, de militancia, incluso, contra el conformismo de la aceptación triste del statu quo.